Muchas personas me preguntan de dónde nace la creatividad.
¿Surge de la inspiración? ¿De la imaginación? ¿Del talento?
Para mí, la creatividad comienza con la memoria.

Creo que todo artista lleva consigo una colección de recuerdos que, de manera silenciosa, va moldeando su forma de mirar el mundo. Aunque no siempre seamos conscientes de ello, los lugares en los que hemos vivido, las personas que hemos conocido y las experiencias que hemos vivido siguen apareciendo en nuestra obra de formas inesperadas.
Cuando pinto, rara vez intento reproducir un recuerdo exactamente como ocurrió.
Con el tiempo, los recuerdos se transforman en emociones, colores, símbolos e historias.
Una flor puede recordarme los campos que rodeaban la casa de mi infancia. Una mariposa puede devolverme el asombro que sentía de niña, cuando imaginaba que entre los pétalos existían pequeños mundos mágicos. Un detalle dorado puede hacerme revivir la luz de la Iglesia Ortodoxa Copta o el resplandor cálido del sol de Egipto. Un gato puede llevarme de nuevo a las calles por las que caminaba de pequeña y, al mismo tiempo, evocar el simbolismo del Antiguo Egipto que tanto me ha fascinado desde siempre.
Ninguno de estos elementos aparece en mis pinturas por casualidad.
Cada uno de ellos ha viajado conmigo durante años antes de encontrar su lugar en una obra.
Creo que esa es una de las cosas más hermosas de la creatividad: su capacidad para transformar momentos cotidianos en algo atemporal. Experiencias que en su día parecían sencillas —un paseo por un jardín, cruzar el Nilo, contemplar mariposas, admirar un templo antiguo o detenerme frente a un icono dorado— pueden convertirse, años después, en el punto de partida de una nueva pintura.
La memoria no consiste únicamente en recordar el pasado.
También consiste en darle una nueva vida.
Los artistas no pintamos nuestros recuerdos exactamente como fueron. Los transformamos a través de nuestras emociones, de nuestra imaginación y de nuestra manera de entender el mundo. Con el paso del tiempo, los recuerdos dejan de ser simples hechos para convertirse, sobre todo, en sentimientos.
Quizá por eso el arte tiene la capacidad de emocionarnos tanto.
Cuando un artista pinta desde la memoria, no comparte únicamente lo que vio. Comparte también lo que sintió.
Y esa conexión emocional es algo que el espectador suele percibir, incluso aunque no conozca la historia que hay detrás de la obra.
Para mí, crear arte también es una forma de conservar los recuerdos.
Los lugares cambian.
Las tradiciones evolucionan o desaparecen.
La infancia se va alejando poco a poco.
Pero la pintura me permite mantener vivos esos momentos. Cada pincelada es una forma de conservar aquello que el tiempo no puede borrar.
Por eso mi obra vuelve una y otra vez a los mismos temas: las flores, las mariposas, el oro, los gatos, los símbolos del Antiguo Egipto y las figuras femeninas. No aparecen porque me falten ideas. Regresan porque forman parte de mi memoria visual y porque, cada vez que los pinto, cuentan una historia diferente.
A menudo pensamos que la creatividad es algo misterioso que aparece de repente.
Yo la entiendo de otra manera.
Creo que la creatividad crece lentamente a lo largo de los años, alimentándose de todo lo que vivimos, de todo lo que observamos y de todo lo que recordamos.
Al fin y al cabo, nuestros recuerdos no pertenecen únicamente al pasado.
Siguen creando con nosotros.
Y quizá ese sea el mayor regalo que la memoria puede ofrecer a un artista: la capacidad de transformar toda una vida de experiencias en algo que otras personas puedan contemplar, sentir y, de alguna manera, hacer también suyo.