Cuando las personas observan mis obras de acuarela y bordado, suelen fijarse en los colores, las texturas o la delicadeza de las puntadas. Sin embargo, lo que no siempre ven es la enorme cantidad de paciencia que se esconde detrás de cada hilo.

El bordado sobre papel es muy diferente del bordado sobre tela. Aunque ambas técnicas utilizan aguja e hilo, la experiencia de trabajar con ellas no podría ser más distinta.
La tela es un material flexible y permisivo.
Si cometes un error, normalmente puedes retirar el hilo y volver a intentarlo. Puedes introducir la aguja donde quieras, cambiar la dirección, ajustar las distancias entre puntadas e incluso improvisar mientras trabajas. La tela permite una gran libertad de movimiento.
El papel, en cambio, es diferente.
El papel exige preparación mucho antes de realizar la primera puntada. Cada agujero debe ser planificado y realizado con antelación. Antes de comenzar a bordar, dedico tiempo a marcar cuidadosamente dónde irá cada puntada y a perforar el papel agujero por agujero.
Una vez que el agujero está hecho, no puede borrarse.
A diferencia de una marca de lápiz, no desaparece. A diferencia de la tela, no vuelve a cerrarse. Cada decisión deja una huella permanente. Si realizo un agujero en el lugar equivocado, esa marca permanecerá para siempre como parte de la obra.
Esta realidad cambió por completo mi forma de trabajar.
El bordado sobre papel me enseñó a ir más despacio.
Me enseñó que la preparación es tan importante como la ejecución. Antes de empezar a bordar, necesito pensar cuidadosamente en el diseño, en la dirección de los hilos, en la distancia entre las puntadas e incluso en el punto exacto por el que la aguja entrará y saldrá del papel.
En cierto modo, no solo estoy planificando el bordado; estoy planificando el recorrido que seguirá cada hilo.
Este proceso exige un nivel de organización que nunca había experimentado antes. Cada puntada tiene un propósito. Cada agujero ocupa un lugar concreto. Cada movimiento es meditado antes de realizarse.
Al principio me resultó complicado. Estaba acostumbrada a la libertad de la tela y a la espontaneidad de la pintura. Sin embargo, con el tiempo aprendí a valorar la disciplina que el papel me imponía.
Cuanto más trabajaba con esta técnica, más comprendía que la paciencia no consiste simplemente en esperar. La paciencia consiste en confiar en el proceso. Consiste en dedicar el tiempo necesario a construir una base sólida antes de avanzar.
Con el paso del tiempo, esta enseñanza fue más allá de mi trabajo artístico.
El bordado sobre papel me recordó que hay cosas que no pueden apresurarse. Algunos resultados requieren preparación, atención y cuidado. A veces, la parte más importante de una creación no es la puntada visible, sino todo el trabajo invisible que ocurre antes.
Hoy, cuando preparo cientos de pequeños agujeros antes de añadir un solo hilo, ya no lo considero una tarea repetitiva o tediosa. Lo veo como una parte esencial de la propia obra. Es durante esos momentos de preparación cuando la pieza comienza realmente a tomar forma.
Cada agujero representa una decisión. Cada puntada sigue una intención. Y cada obra terminada guarda un recordatorio silencioso de una de las lecciones más valiosas que he aprendido como artista:
Las cosas bellas suelen requerir mucha paciencia antes de empezar a florecer.