Muchas personas me preguntan de dónde surgen las ideas para mis pinturas. Algunos imaginan que busco inspiración en libros, museos o en internet. Y, aunque todos ellos pueden inspirarme, la verdad es que mi mayor fuente de inspiración siempre ha estado mucho más cerca de mí: mi infancia.

Crecí en Egipto, rodeada de colores, historias y tradiciones que, sin darme cuenta, fueron moldeando mi forma de ver el mundo.
Cuando pinto flores, no están ahí únicamente porque sean bonitas. Me recuerdan a la casa donde crecí, situada junto a campos llenos de flores. Recuerdo correr por el jardín, observar cómo las mariposas iban de una flor a otra e imaginar que entre los pétalos vivían pequeñas criaturas mágicas. De niña pensaba que, durante el día, eran mariposas y que, al caer la noche, se transformaban en hadas. Esa capacidad de imaginar nunca me ha abandonado del todo y, de alguna manera, sigue presente en mis pinturas.
La naturaleza también dio forma a mi paleta de colores. El azul del Nilo, los inmensos cielos de Egipto y el verde de los campos que veía cada día son colores que todavía hoy siento cercanos y familiares cuando pinto.
Otro recuerdo que siempre me ha acompañado es la presencia de los gatos.
Los gatos estaban por todas partes. Paseaban por las calles con una elegancia silenciosa que me fascinaba desde pequeña. Con el paso del tiempo descubrí a Bastet, la antigua diosa egipcia asociada a la protección, el hogar y la alegría. Desde entonces, los gatos dejaron de ser simplemente animales para convertirse en un símbolo que une mis recuerdos de infancia con la historia del Antiguo Egipto.
El oro es otro de los elementos que siempre ha formado parte de mi vida.
Crecí viéndolo en muchos lugares: en las joyas, en las celebraciones tradicionales y, sobre todo, en la Iglesia Ortodoxa Copta. Los iconos cubiertos con pan de oro, los cortinajes bordados y las vestiduras ricamente decoradas de los sacerdotes creaban una atmósfera que me parecía casi mágica. Al mismo tiempo, Egipto siempre ha tenido para mí un color dorado. La arena del desierto iluminada por el sol, los templos antiguos y los tesoros de los faraones parecen compartir ese mismo resplandor cálido.
Quizá por eso el oro ocupa un lugar tan importante en mi obra. Porque no solo me habla de belleza, sino también de memoria, de historia y del lugar al que siempre siento que pertenezco.
Cuando las personas observan mis pinturas suelen fijarse en las flores, las mariposas, los gatos, el oro o los símbolos del Antiguo Egipto. Para mí, ninguno de esos elementos está ahí únicamente como decoración. Cada uno guarda un recuerdo. Cada uno cuenta una pequeña parte de mi historia.
Creo que todos los artistas estamos marcados por el lugar en el que crecemos. La infancia deja en nosotros colores, texturas, sonidos y emociones que nos acompañan durante toda la vida.
En cierto modo, cada pintura que creo es una forma de regresar a esos recuerdos.
Mi obra no está inspirada únicamente en Egipto.
Está inspirada en la niña que creció allí, soñando entre flores, persiguiendo mariposas y descubriendo la belleza en todo lo que la rodeaba.