Cuando las personas contemplan mis pinturas, una de las primeras cosas que suelen notar es que están protagonizadas, en su mayoría, por mujeres.
Muchos me preguntan por qué.
La respuesta es profundamente personal.

Crecí en Egipto, rodeada de las historias de mujeres extraordinarias. La historia del Antiguo Egipto me dio a conocer a reinas como Nefertiti, Hatshepsut o Cleopatra, mujeres que fueron mucho más que las esposas de los faraones. Aconsejaron, gobernaron y, en algunos casos, dirigieron todo un reino.
El Antiguo Egipto fue una de las primeras civilizaciones en las que las mujeres disfrutaron de derechos y ocuparon posiciones de poder realmente excepcionales para su época. Ese legado siempre ha sido una fuente de inspiración para mí.
Cada vez que pinto una mujer, pienso en esa fortaleza.
No en una fuerza que necesita imponerse.
No en una fuerza que domina a los demás.
Sino en una fuerza silenciosa que nace de saber quién eres.
Las mujeres que aparecen en mis pinturas rara vez parecen estar esperando que alguien venga a rescatarlas o a completarlas.
Ya se sienten completas.
Con frecuencia se abrazan a sí mismas o apoyan suavemente las manos sobre su cuerpo, como si protegieran algo muy valioso. Para mí, esos gestos representan el respeto por una misma, la conciencia de quién eres y la paz interior. Son mujeres que encuentran serenidad en su propia compañía.
No necesitan el permiso de nadie para existir.
Simplemente existen.
Aunque mis figuras suelen aparecer rodeadas de flores, mariposas y colores suaves, nunca he pensado que la delicadeza sea lo contrario de la fortaleza.
Creo que la ternura también puede ser poderosa.
La sensibilidad puede ser valiente.
Y la belleza puede contener una enorme resistencia.
Esa es la feminidad que me inspira.
Cuando pinto una mujer, imagino que lleva consigo sus sueños.
Los protege.
Los cuida.
Y no permite que el mundo se los arrebate.
Esos sueños pueden ser ilusiones, recuerdos, creatividad, fe o simplemente la firme decisión de convertirse en la persona que está destinada a ser.
En muchos sentidos, las mujeres de mis pinturas se convierten en las guardianas de su propio mundo interior.
Quizá por eso transmiten tanta calma.
Su fuerza no nace de luchar contra quienes las rodean.
Nace de permanecer fieles a sí mismas.
Como artista, deseo que estas mujeres recuerden a quienes contemplan mi obra —especialmente a otras mujeres— que existe una enorme belleza en creer en una misma.
Vivimos en un mundo que, con demasiada frecuencia, nos empuja a buscar la validación fuera de nosotros.
Mis pinturas proponen lo contrario.
Nos invitan a mirar hacia nuestro interior.
A proteger nuestros sueños.
A confiar en nuestra intuición.
Y a reconocer nuestro propio valor antes de esperar que los demás lo hagan.
Para mí, cada mujer que pinto representa mucho más que un retrato.
Representa la resiliencia.
Representa la esperanza.
Representa la imaginación.
Representa el valor silencioso de seguir soñando, incluso cuando el mundo nos invita a renunciar a nuestros sueños.
Por eso me gusta pensar en ellas como guardianas de los sueños.
Porque, al final, el mayor tesoro que podemos proteger no es el que sostenemos entre las manos, sino aquel que llevamos dentro del corazón.