Muchas personas me preguntan cómo empecé a combinar la acuarela con el bordado. La verdad es que esta técnica nació durante una etapa muy especial de mi vida: la maternidad.

Durante el embarazo y después de tener a mis hijos, me volví mucho más sensible a ciertos olores, incluidos algunos de los materiales artísticos con los que siempre había trabajado. Al mismo tiempo, seguía sintiendo una gran necesidad de crear. Necesitaba encontrar una forma de continuar haciendo arte mientras me adaptaba a todos los cambios que estaban ocurriendo en mi vida.
Fue entonces cuando descubrí el bordado.
Comencé bordando sobre tela, creando pequeñas piezas y explorando la belleza de los hilos, las texturas y los detalles hechos a mano. A medida que pasaba más tiempo bordando, una pregunta empezó a rondar mi mente:
«¿Por qué no puedo bordar sobre papel?»
Esa sencilla pregunta se convirtió en el inicio de un nuevo camino artístico.
Al principio experimenté añadiendo una entretela adhesiva al papel para hacerlo más resistente y soportar mejor las puntadas. Esto me ayudó a ganar confianza mientras aprendía cómo se comportaban los materiales juntos. Con el tiempo descubrí que ese soporte adicional no siempre era necesario. Finalmente, comencé a trabajar directamente sobre el papel, permitiendo que la superficie conservara toda su delicadeza y ligereza.
El proceso se convirtió en un ejercicio constante de exploración y descubrimiento. Probé diferentes tipos de puntadas, aprendiendo cuáles dialogaban mejor con mis pinturas. Algunas funcionaban maravillosamente y otras no tanto. Poco a poco fui desarrollando mi propio lenguaje visual, incorporando distintas técnicas de bordado y añadiendo finalmente la puntada Rosa Brasileña, una puntada decorativa que aporta volumen y una belleza casi escultórica a mis obras.
Hoy en día, cada pieza comienza con la acuarela.
Pinto figuras suaves y soñadoras, generalmente mujeres o niñas rodeadas de flores, hojas y elementos inspirados en la naturaleza. Una vez terminada la pintura, comienzo el proceso de bordado. Con frecuencia incorporo hilos dorados junto a otros colores, aportando textura, luz y movimiento. Las puntadas se convierten en una extensión de las pinceladas, transformando la superficie plana en algo más táctil y lleno de vida.
Lo que más me apasiona de combinar la acuarela y el bordado es el diálogo que se crea entre ambos medios. La acuarela aporta suavidad, transparencia y espontaneidad, mientras que el bordado añade estructura, textura y una sensación de permanencia. Juntos crean un equilibrio entre la pintura y la artesanía, entre la delicadeza y la fortaleza.
Lo que comenzó como una solución práctica durante la maternidad terminó convirtiéndose en una técnica artística que hoy forma parte esencial de mi identidad creativa. Me enseñó que las limitaciones, en ocasiones, pueden abrir puertas inesperadas y conducirnos hacia nuevas formas de expresión que quizá nunca habríamos descubierto de otra manera.
Cada puntada que añado al papel me recuerda ese recorrido: el proceso de adaptación al cambio, la experimentación sin saber exactamente a dónde me llevaría y, finalmente, el descubrimiento de una manera única de contar mis historias a través del arte.